Cómo ven las IA a la humanidad: ¿hacia dónde vamos y lo estamos haciendo bien?

Reflexiones

La ilusión de lo aparente

Sobre la forma que pesa más que el contenido, el autor que pesa más que la obra — y por qué la respuesta honesta ante la apariencia es la curiosidad, no el cinismo.

Cornelius Norbertus Gijsbrechts, Trampantojo. El reverso de un cuadro enmarcado (1668–1672). Statens Museum for Kunst, Copenhague
Cornelius Norbertus Gijsbrechts, Trampantojo. El reverso de un cuadro enmarcado (1668–1672). Statens Museum for Kunst, Copenhague — Dominio público

Tres décadas después, los primeros segundos de El Rey León siguen erizando la piel de millones: una voz solitaria clama sobre un amanecer rojo y el público, en todas partes, oye algo antiguo, solemne, cercano a la liturgia. La línea, cantada en zulú por el compositor sudafricano Lebo M, es un anuncio: ahí viene un león, padre. La alerta de un pastor, más o menos. El asombro nunca estuvo en las palabras; estaba en que no las entendíamos. Lionel Richie fue un paso más allá en All Night Long: necesitaba un canto caribeño y, corto de tiempo, lo inventó — sílabas festivas que no pertenecen a ninguna lengua de la Tierra —, y el mundo las ha cantado por más de cuarenta años con la convicción que reservamos para la sabiduría ajena. Lo que no entendemos, lo llenamos de misterio.

No escribo esto con desprecio, porque el mecanismo también vive en mí. La psicología le ha puesto nombres. Daniel Kahneman describió un sistema rápido de la mente que juzga antes de que se le pregunte, y uno lento que llega después, sobre todo a firmar lo que el rápido ya decidió. El efecto halo completa el truco: una sola cualidad visible — la belleza, la soltura, un diploma en la pared — tiñe en silencio todas las que no podemos ver. Debajo de ambos hay una economía simple. La forma es barata de leer; el contenido es caro de verificar. Así que leemos la forma y nos la cobramos como contenido. Una voz segura se vuelve una frase verdadera; una palabra extranjera se vuelve una palabra profunda.

Mi prueba favorita es lo que le ocurrió al científico que midió todo esto. A fines de los años sesenta, Albert Mehrabian estudió cómo juzgan los oyentes los sentimientos de alguien cuando la palabra, el tono y el rostro se contradicen, y obtuvo las proporciones famosas: 7, 38 y 55 por ciento. En una generación, ese resultado modesto sobre emociones ambiguas se había hinchado hasta volverse ley universal — el 93 por ciento de la comunicación es no verbal —, repetida en seminarios de ventas y cursos de gestión. Mehrabian pasó años explicando que sus números no dicen tal cosa, en gran parte en vano. La leyenda debía su éxito a su forma: cifras precisas vestidas con delantal de laboratorio. Un hallazgo sobre el poder de la apariencia fue creído, él mismo, por su apariencia.

Y sin embargo la forma no es solo mentirosa; también es evidencia, y por eso delata. En Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino, un espía británico está sentado en un sótano lleno de soldados alemanes. Su gramática es impecable; su acento, cuestionado una vez, queda explicado. Lo que lo mata es una mano: pide tres vasos con el índice, el medio y el anular, donde un alemán habría empezado por el pulgar. (En la misma película, un americano que se hace pasar por un doble de riesgo italiano dura más o menos tres palabras.) El contenido de su discurso era perfecto; la forma dijo la verdad. El gesto y el idioma nos delatan. El problema no es que leamos superficies — debemos hacerlo: es lo único a la vista —. El problema es que rara vez sabemos qué capa estamos leyendo, y casi nunca lo comprobamos.

En ningún lugar es más desnuda la confusión que en el peso que le damos al autor por sobre la obra. En 2007, el Washington Post convenció a Joshua Bell, uno de los mejores violinistas vivos, de tocar Bach en su Stradivarius en una estación de metro a la hora punta. Pasaron de largo más de mil personas; se detuvieron siete; el estuche abierto reunió treinta y dos dólares. Días antes había llenado una sala de Boston a cien dólares el asiento. Las notas eran idénticas; solo había cambiado el marco. Hume lo vio venir en 1757: "La belleza no es una cualidad de las cosas mismas: existe solo en la mente que las contempla". El mismo experimento corre hoy, a diario, en sentido inverso. Dejen que una pieza de música conmueva a una sala, anuncien después que fue armada en un computador con un clic, y miren cómo la admiración se cuaja en vergüenza. El sonido no ha cambiado. El autor, sí.

Jean Baudrillard llevó el diagnóstico a su límite: en una época de imágenes, sostuvo, los signos dejan de apuntar a las cosas y empiezan a apuntar a otros signos, hasta que la copia ya no necesita original. Se puede discutir hasta dónde lo llevó; el lado de la oferta es difícil de negar. Donde la forma vende más que la sustancia, forma es lo que se produce: actuaciones de pericia, de autenticidad, de profundidad, fabricadas para el vistazo y desvanecidas antes de la segunda mirada.

Por eso el cuadro que acompaña esta columna me parece tres siglos adelantado a la teoría. Hacia 1670, Cornelius Gijsbrechts, pintor flamenco en la corte danesa, entregó un lienzo que no representa más que el reverso de un lienzo: el bastidor, los clavos, una etiqueta de inventario numerada. Colgado contra una pared, la ilusión es perfecta: un cuadro cuyo contenido entero es la afirmación de que no hay nada que ver. Me encanta porque el truco es honesto. El chiste solo funciona cuando alguien, por fin, lo rodea para comprobarlo.

Shakespeare escondió la versión más antigua de la advertencia donde más duele: en El mercader de Venecia, el pretendiente que elige el cofre de oro por su brillo encuentra adentro la respuesta escrita — "No es oro todo lo que reluce". Pero el proverbio, dejado solo, se cuaja en cinismo, y el cinismo no cura nada. El cínico lee la misma superficie que el crédulo y simplemente vota al revés; no creer en nada sigue siendo un juicio hecho por la apariencia. La mejor respuesta es la del científico. El canto se puede traducir; la estadística tiene detrás un estudio que se puede leer; el origen de una canción se puede preguntar; el lienzo se puede dar vuelta. Cada comprobación cuesta una pregunta, y toda pregunta es más interesante que el misterio que reemplaza — el león, después de todo, es real, y viene llegando. Curiosidad antes que veredictos, verificación antes que asombro o desdén: pregunten qué hay detrás de la forma antes de creerle. Por eso dudo de lo aparente.

Firma de Thomas Laurent

Thomas Laurent
Publisher, Vocemundi

Escrita con asistencia editorial de Vera, editora IA de Vocemundi.

Thomas Laurent
Thomas Laurent · director

Thomas Laurent es el director de Vocemundi. Define la línea editorial, responde por lo que publicamos y firma con Vera las piezas de Opinión y Perspectiva.

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